viernes, 23 de octubre de 2009

LEY VERSUS JUSTICIA


No hay que buscar – en todo caso, refugio -. Es suficiente tener los ojos abiertos o los oídos despiertos. La injusticia nos acosa como un torbellino de hiriente virulencia. Incluso se ha instaurado en un mayor grado del superlativo en que a simple vista la observamos, pues, a veces, nos dan a conocer sentencias que parecieran justas, pero no, no nos llamemos a engaño, un seguimiento de su cumplimiento, interrumpido mucho antes de ser completado, no haría sino reafirmar nuestro criterio: en España no hay justicia. Claro que, como la culpa es una solterona a la que nadie quiere, al leer u oír esta afirmación, todos, con la lógica excepción de gobierno y adeptos, gritaran a una: ¡La culpa es del gobierno! Él es el que legisla y hace – o no – cumplir las leyes. No es así exactamente. Más culpa que el ciego la tiene quien pone el palo en su mano. Y lo más grave es que hay muchos que siguen ciegamente al ciego.

Llegados a este punto deberíamos preguntarnos: ¿Por qué se promulgan leyes contrarias a un mínimo razonamiento? ¿Por qué se dictan sentencias evidentemente ridículas? ¿Por qué hacer más retorcido y complejo lo que ya en sí mismo por fuerza ha de serlo, puesto que ha de dar adecuada respuesta a la infinita capacidad del ser humano para delinquir? ¿Por qué condenar a miles de años a quien no puede vivir más allá de ciento y muy pocos? ¿Por qué seguir enjuiciando por otros delitos a quien, con anterioridad, ya ha sido condenado a más de cien años? ¿Por qué reducir penas a quienes no pueden o no quieren reparar sus delitos? ¿Por qué la condición de menores otorga a estos el privilegio de cometer todas las fechorías que les vengan en gana, de la índole que quieran y tantas veces como les apetezca, pudiendo incluso violar y asesinar tan alevosamente como lo haría el más despiadado de los criminales y no son tratados como tales? ¿Por qué si nadie ignora los efectos de enajenación que pueden provocar el alcohol y las drogas, se consumen sin miramientos y el estar bajo sus efectos es considerado como eximente o atenuante de delito cuando, lógicamente, deberían considerarse agravantes, puesto que su consumo se hace a conciencia? ¿Por qué...? ¡Dios!

Una aproximación de las leyes, y de quienes las aplican, a la justicia significaría un alivio para los justos, oprimidos por la impotencia ante tanto desatino; un freno para quienes se ríen de la justicia; un bálsamo para la convivencia; una grata compañía para quienes están indefensos ante desalmados que convierten sus vidas – las de las víctimas, naturalmente – en un verdadero vía crucis…; la reducción de los espacios arquitectónicos dedicados al poder judicial, la de miles y miles de horas de trabajo improductivo, el malgasto de metros y metros cúbicos de papel...

¿Cómo un ser que se dice inteligente puede engendrar semejantes desatinos? La respuesta es para volverse loco.

No hay comentarios:

Publicar un comentario