domingo, 18 de octubre de 2009

SIN INTELIGENCIA, LA MEJOR POSIBLE CONVIVENCIA

La inteligencia, el egoísmo y el deseo de libertad para satisfacerlo, sin duda, son tripochos. Con anterioridad a este parto, el deseo de libertad únicamente se pondría de manifiesto como respuesta a la privación de ella; una cuestión meramente accidental en la vida de cualquier animal. La caída en un pozo, el enredo en unos matorrales… despertaría ansias de libertad en el animal atrapado, pero, de no sufrir un accidente que le privara de ella, el animal no llegaría jamás a sentir el deseo de ser libre, pues la libertad sería consustancial con su vida.

La libertad consustancial a la creación proporcionaría el equilibrio perfecto. La vida en la Tierra estaría garantizada, salvo cataclismos ajenos a ella, a la vida, por su propia autorregulación. Todo esto, de no ser por la aparición de la inteligencia, del hombre.

“Libertad, circunstancia capaz de regular todo lo que se desenvuelva en su ámbito” Algo así debe ser el estribillo con que se ha quedado este inteligente deficiente que es el ser humano. Un estribillo sin cuya aplicación, por lo visto, no parece dispuesto a configurar su vida. Libertad por encima de todo, y para todo: para condenar el castigar al delincuente, sólo se podrá penar para reintegrar; para dejar listos a unos con 600 euros al mes y permitir todos los meses a los listos atiborrar sus cuentas bancarias con todos los millones que puedan abarcar; para procrear a los trece años y matar al procreado, no alumbrado, a los dieciséis; para… Para todo, hombre, para todo.

¿Cómo es posible que no quieran enterarse? Llenas este cercado de zorros y gallinas y se autorregulan para sobrevivir indefinidamente. La cagaste si metes una especie inteligente; matará los zorros, se comerá primero las gallinas, después a sí misma y hasta ahí.

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